por Sergio "Pelao" Ibañez.
…¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.
Salvador Allende.
Cuando escuché este discurso, realmente me llegó. Lo más extraño de esta situación fue que el dueño de estas palabras es protagonista de una etapa histórica de la cual yo no fui testigo, y a pesar de esto, fue como si hubiese estado ahí.
No existe mejor manera de conectarse con la gente en un discurso público que abriéndose hacia ellos, mostrando la parte más oculta, la sensibilidad personal. El lenguaje que se emplea en un discurso, que generalmente busca credibilidad por la parte léxica y/o estructural del texto en sí. Pero a pesar de que esto es fundamental la parte emotiva que presenta cada discurso, porque une aún más la globalidad de receptores que lo escuchan. Es la emotividad una herramienta que no necesita ir dirigida a ningún grupo social y por lo tanto a ninguna norma o habla, porque el entendimiento es igual, sin exclusión de sectores.
Son pocos los discursos que han trascendido en el tiempo, y precisamente esos son aquellos en los cuales su arma principal, la sensibilidad, va a flor de piel.
El aire humano que está en cada uno de nosotros, nos permite comunicarnos mucho mejor que con sistemas de símbolos o signos.
Cultivemos humanidad, y prolonguemos esta a través de los tiempos; generemos arte a la hora de comunicar, ya que solo así su entendimiento será total.
domingo, 6 de julio de 2008
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